Hay momentos en los que un país se mira a sí mismo y descubre de qué está hecho. El sismo que sacudió a Colombia no solo movió edificios, derribó viviendas y sembró miedo. También puso a prueba nuestra capacidad de mirarnos como compatriotas y tender la mano a quienes lo perdieron todo.
Y, una vez más, apareció esa Colombia que muchas veces no ocupa los titulares: la Colombia solidaria.
Mientras unos buscaban a sus familiares entre los escombros, otros llegaban con agua, alimentos, medicinas, ropa, herramientas o simplemente con la disposición de ayudar. Personas que quizá también tenían dificultades decidieron compartir lo poco que tenían. Porque la solidaridad verdadera no nace de la abundancia; nace de la empatía.
Me conmueve especialmente pensar en quienes, aun habiendo sido afectados, decidieron ayudar a otros. Personas, que, pese a que sus propias viviendas quedaron inhabitables, participaron voluntariamente en labores de rescate en Cali. Sus historias nos recuerdan que el valor de una persona no se mide por lo que posee, sino por lo que está dispuesta a hacer por los demás en los momentos difíciles.
También merece reconocimiento la respuesta ciudadana que permitió movilizar más de 1.300 toneladas de ayuda humanitaria hacia los territorios afectados. Detrás de esa impresionante cifra no hay solamente toneladas de alimentos o suministros. Hay miles de colombianos que decidieron donar, transportar, clasificar y entregar ayuda. Hay familias, comerciantes, jóvenes, organizaciones y comunidades que entendieron que la tragedia de otros también era, de alguna manera, una tragedia de todos.
Pero esta tragedia también nos deja preguntas.
¿Seremos capaces de mantener esta solidaridad cuando las cámaras se apaguen? ¿Recordaremos a las familias afectadas cuando el sismo deje de ocupar las primeras páginas? ¿Acompañaremos la reconstrucción cuando llegue el momento más difícil, ese en el que ya no hay emergencia, pero queda mucho por reconstruir?
Porque ayudar después de una tragedia no puede reducirse a una reacción momentánea. La verdadera solidaridad comienza cuando desaparece la noticia.
Las comunidades afectadas necesitarán mucho más que alimentos y refugios. Necesitarán recuperar sus viviendas, sus escuelas, sus caminos, sus pequeños negocios y, sobre todo, la posibilidad de volver a construir un proyecto de vida.
En especial, debemos mirar hacia territorios históricamente golpeados por la pobreza, el abandono y el conflicto. Para una familia que ya ha sido víctima del desplazamiento o de la violencia, perder nuevamente su vivienda puede significar mucho más que perder cuatro paredes. Puede significar sentir que la vida vuelve a empezar desde cero.
Por eso, hoy Colombia no solamente debe reconstruir edificios. Debe reconstruir confianza, dignidad y esperanza.
Las instituciones tienen una enorme responsabilidad: garantizar que las ayudas lleguen a quienes realmente las necesitan, que los recursos sean manejados con transparencia y que la reconstrucción no se convierta en otra oportunidad para la corrupción o el abandono.
Y los ciudadanos también tenemos una responsabilidad. No podemos pensar que nuestra tarea terminó después de entregar una donación. Debemos acompañar, vigilar y exigir que los recursos destinados a las comunidades afectadas sean utilizados correctamente.
Un desastre natural puede derribar una casa en segundos. Reconstruirla puede tomar meses o años. Pero recuperar la esperanza puede comenzar con algo tan sencillo como escuchar a una familia, compartir un alimento o decirle a alguien: “No estás solo”.
Ese es el mensaje que deberíamos conservar después de que pase la emergencia.
Porque cuando la tierra tiembla, se caen las paredes. Pero cuando un pueblo se une, se levantan las personas, se reconstruyen familias, se hace patria.
Comentarios de los lectores